quarta-feira, 25 de março de 2009

Resultado de um final de semana cheio de surpresas:

Los peligros y la paz de Sumapaz

Por Paula Berner

 

La idea era sencillamente llegar a la Reserva Florestal de Sumapaz para hacer un reportaje fotográfico para una materia de periodismo de la universidad. Nos fuimos en cuatro, con dos carpas y comida, pero no preparados para el frio que nos esperaba ahí. Lo que queríamos hacer en medio día, nos llevaran dos para lograr: llegar al destino. De ahí en adelante  las cosas se veían cada vez más dramáticas.

 Con las mochilas pesadas, llegamos a la estación de Usme por la tarde del sábado. La policía local simpáticamente nos acogió y nos advirtió que no deberíamos seguir a Sumapaz cuando no había más luz del sol, pues es una zona peligrosa, principalmente para cuatro jóvenes que no conocen los caminos y pedirían ayuda en la carretera. Nos toco dormir en un terreno pequeño, junto a vacas y inúmeros perros, al lado del cementerio de la ciudad. Cuando ya teníamos las carpas listas y cogíamos leña para hacer fuego y calentarnos por la noche, el propietario del terreno nos mandó que saliésemos de ahí inmediatamente. Primera lesión: averiguar antes de aceptar los consejos de la policía.

Llevamos las carpas así como estaban (el propietario aparentemente tenía mucha prisa, y además no podríamos montarlas de nuevo en el oscuro) a un terreno aún más cerca del cementerio, pero enfronte a los policías (que simpáticamente nos emprestaran el baño por la noche, un conforto que no encontraríamos más por dos días). Acampados y listos para dormir, aprovechamos, sin saber, nuestros últimos momentos de comodidad y medias secas.

Madrugamos en el domingo y nos arreglamos para seguir la aventura. Con todo listo, nos pusimos a esperar el bus, que supuestamente llegaría hasta Margaridas, un pueblito más cerca de la reserva. Después de algunas horas esperando, tomamos la iniciativa de negociar con un taxista que nos llevase lo más cerca posible del Páramo. Lo que parecía lucro nos dejo en prejuicio: El taxista, aprovechando de nuestro poco conocimiento local, no dejó en el medio de una carretera dónde se vía un carro a cada cuarenta minutos y ninguna otra alma viva. Preguntamos a un señor que vive en una finca por ahí cerca dónde, exactamente, estábamos. Para nuestra sorpresa, quedábamos a una hora en carro de nuestro destino.

Algunas horas y tragos después, nos llegó la solución: una camioneta que estaba indo en la dirección que queríamos. Fuimos los cuatro atrás, felices y aliviados, y encontramos un ciclista que ya estaba en la camioneta en la misma situación que nosotros. Él estaba indo a “La Laguna”. Como no sabíamos exactamente dónde llegar en Sumapaz (que, por curiosidad, tiene el mayor páramo del mundo, con 150.000 hectáreas), nos juntamos a él, que parecía conocer mucho más que nosotros.

Llegamos a la “Laguna de Tunjos” y de pronto estábamos boquiabiertos con la belleza de la naturaleza local. Impresionados como la vegetación se cambiaba a cada minuto, tomábamos fotos incansablemente y no parábamos de sonreír. La Laguna de Tunjos, en Chisacá, era antiguamente un local de ofrenda a los dioses de los muiscas. La atmosfera y la energía eran impresionantes. Estábamos contentos con lo que habíamos encontrado, cuando ni siquiera sabíamos adonde ir.

De pronto y sin pensar mucho, empezamos a arreglar las carpas y nos acomodar, admirando la vista que teníamos de nuestros “balcones”. En poco tiempo empezó a llover, pero nada nos afectaría en este momento mágico. Tanto era, que resolvimos, mismo en la lluvia, caminar para conocer y ver más del lugar paradisíaco.

Avistamos un puente al otro lado de la laguna y la escogimos como destino de la caminada. Después de unos buenos treinta minutos caminando por una trilla estrecha y mojada, percibimos que lo que no parecía tan lejos era sí, mucho más bajo de adónde estábamos. Las ropas mojadas y los señales de advertencia en el camino empezaran a nos desanimar de seguir caminando. Por lo que leemos al largo del camino, habían ahí animales tales como conejos, ranas y pumas. Plantas de las más diversas y la laguna hacía remolinos con la fuerte lluvia, cambiando de color y nos dando un espectáculo de belleza. Seguimos por más tiempo, hasta que la trilla se terminó. Cuando ya estábamos des encorajados por el frio y el aparente peligro, volvimos por el mismo camino.

Las carpas estaban soportando la lluvia, pero no teníamos más ropas secas. Repartimos lo que nos sobraba y Improvisamos con bermudas y meyas. A partir de este momento, a las cinco de la tarde, no salimos más de la carpa, a menos para situaciones extremas y que tomaban mucha coraje, como hacer chichí. La lluvia estaba cada vez más fuerte. Esperábamos el momento de tregua, pero esto no llegó hasta el momento que salimos del páramo.

Cuando teníamos que salir de la carpa, tomábamos aguardiente para calentar el cuerpo (lo que parecía no servir de ayuda) y nos tocaba escondernos de los carros que pasaban por la carretera. Ahora si nos acordábamos del consejo de los policías, y nos imaginábamos el peligro que podría llegar de la carretera.

La noche fue la más fría que se podría imaginar. Los compañeros no tenían “sleeping bags” y durmieran con dos cobijas en el suelo frio y húmido. Nos llevaran algunas horas hasta que pudimos nos acomodar y nos acostumbrar con la temperatura, que parecía estar debajo cero grados.

Despertamos contentos por haber dormido algunas horas, y principalmente por no estarnos inmersos en agua. La lluvia había disminuido y cogimos satisfechos todo lo que había para comer: galletas de sal, una manzana, algunas latas de salchicha, aguardiente y un poco de leche. Sin opción, nos quedamos ahí dentro de una carpa, los cuatro, a esperar que algo nos pasase. La lluvia estaba cada vez más fuerte. De la carpa se escuchaba el agua a cair con mucha fuerza. En pocos minutos, empezamos a sentirnos como náufragos en una isla. Absolutamente todo afuera estaba inmerso en agua. Ya no había por donde caminar sin sumergir los pies completamente en el agua, y definitivamente no teníamos zapatos propios para eso.

Habíamos nos informado acerca de un bus, que pasaría a la una de la tarde del lunes. Esa sería la solución para salir de aquel lugar, pues era completamente desierto y a dos horas (caminando) lejos de la próxima tienda en la carretera. Empezamos a nos arreglar al mediodía, para no tener el riesgo de perder esta oportunidad de transporte. No teníamos opción: nos arreglamos en la tempestad. Todos y todo mojado, cogimos las carpas, la basura y las ropas en medio a los ríos de lluvia que escurrían de la mata. El agua fría hico nuestras manos y pies durmientes. No sentíamos nada además del dolor por el cuerpo y las contracciones que venían incansablemente.

A la una en punto, logramos arreglar todo soportando los dolores, y nos pusimos más cerca de la carretera a mirar y esperar por nuestro bus. Media hora después, ni señal de bus u otro transporte, ya estábamos exhaustos y el dolor ya había tomado cuenta de todo el cuerpo. Los pies no funcionaban bien, cada paso dolía como si pisásemos en hielo. Teníamos tres para-lluvias para cuatro personas, y dos estaban dañados por la fuerza del viento.

A las dos de la tarde ya estábamos rezando por alguna solución que no fuera caminar, cuando pasó la primera camioneta por la carretera. El frio pareció disminuir delante la esperanza de salir de ahí, cuando vimos que el fondo estaba lleno de baños público, y no había espacio para todos. La camioneta se fue, y llevo el calor que nos había dado por algunos segundos. El frio volvió aún peor.

Nos pusimos en la carretera, a esperar por alguna solución. Cada vez que escuchábamos ruidos de motor, nos inundábamos en esperanza, pero nada nos servía: motos o carros llenos a cada media hora, que ni siquiera paraban cuando nos veían y nos mojaban aún más con el agua de la carretera.

Después de tres horas esperando, parados en la carretera, en la lluvia, con absolutamente todo el cuerpo mojado y todas las sensaciones que uno no espera, como las contracciones que me hacían ganas de vomitar, me quedé mala y mi presión sanguínea estaba muy baja. Algunas veces pensé que iría desmayar, pero tenía que aguantar para no me tornar más otra preocupación para el grupo. Impresionante como en situaciones extremas uno conoce los límites de su cuerpo y todavía tiene que pensar en el colectivo. El ser humano es muy dependiente del colectivo, y tiene que contar con lo psicológico para pasar por situaciones tales como esta. Todo se cambia: los ideales de lujo y comodidad eran para mí, en este momento, tener meyas secas y tomar algo caliente. Esto me bastaría para ser la persona más contente de la tierra. Me puse a pensar cómo viven las personas en las calles, que probablemente pasan frío y hambre todos los días, todas las noches. No me sentía en el derecho de reclamar, pero al mismo tiempo sentía un desespero desamparado por no poder controlar mi cuerpo, controlar las contracciones o ni siquiera caminar. Observaba como rehacían los otros del grupo en la situación de desespero: Algunos muy calados, otros reían sin motivo, otros desistieran de proteger se y sencillamente quedaban ahí, esperando algo o alguien.

Pensábamos que íbamos quedar ahí por toda la noche y congelarnos caminando. Estábamos listos para dejar todo lo que teníamos en la carretera y empezar a caminar, pero no sentíamos los pies. Después de tres horas y media (lo que pareció todo un día), escuchamos ruido de motor más una vez, y cruzamos los dedos a esperar que fuiste esta la oportunidad de salir de la lluvia: Una camioneta paró para ofrecer ayuda. No pudimos dejar de demonstrar el alivio y nos pusimos a festejar y cargar las mochilas. Sentados en el fondo de la camioneta, en el húmido y sucio del cargamento, sentía me en un hotel cinco estrellas. Después de algunos minutos ya era capaz de apreciar la vista, las flores, la vegetación que nuevamente se cambiaba en el camino hace el norte y los pocos rayos de sol que aparecían al largo del camino. Estaba feliz. Me sentía tan feliz y aliviada que podría sentarme por horas en el sucio de esta camioneta. Estaba plenamente satisfecha.

Por todo el camino de vuelta a Usme me puse a pensar por lo que habíamos pasado. Por la aventura, los momentos divertidos, los momentos de adrenalina, los momentos de extasía con la belleza natural, los momentos de necesidad que compartimos todo lo que teníamos, los momentos que nos sentíamos incapaces de hacer algo para ayudarnos, los muchos momentos de sufrimiento. Me puse a pensar que para sentirme plenamente feliz, como me sentía sentada en el suelo de la camioneta, habría que pasar por algo así nuevamente. Que la recompensa vale la pena. Que la experiencia inolvidable vale la pena. Que conocer el cuerpo y sus límites vale la pena. Después de lo que pasamos, si me preguntaren si yo iría si supiese que íbamos a pasar por todo esto, diría que sí. Definitivamente si, lo haría de nuevo. Y en cuanto a la foto reportaje, la logramos. Pero logramos mucho más que esto.

sexta-feira, 6 de março de 2009

Catedral do Sal


Trem prestes a sair da estaçao De La Sabana.


Dupla tocando instrumentos tradicionais colombianos dentro do trem.

Zipaquirá: ponto de chegada do trem e partida do onibus rumo à Catedral.



Entrada da Catedral: passagem do terrenal para o espiritual. A cruz, acima, simbolizando a uniao dos povos.

Imponência nas alturas e formas naturais nas paredes, em um dos muitos ambientes da Catedral.

quarta-feira, 4 de março de 2009

Catedral de Sal, seus encantos e caminhos.

Glamour, brilho, um palácio branco construído com sal... Não é nada disso que se encontra na famosa Catedral de Sal, em Zipaquirá. 
 
Seus encantos são rústicos, antigos, misteriosos, históricos e imponentes. Não é por menos que Zipaquirá (a aproximadamente duas horas de Bogotá, por trem) ficou conhecida como "a cidade da Catedral".

A Catedral foi construída de tal forma para que o peregrino, ao passar pela Praça Cerimonial e descer às suas profundezas para chegar ao seu interior ("caminho sagrado"), passe pela transição de "accesis", desde o mundo exterior, visto como origem, até o mundo interior, visto como destino. Marcas e construções simbolizam a transição do mundo material ao imaterial, do terrenal ao espiritual. 

A Catedral foi construída em baixo da montanha mais alta da região e em sua entrada há uma grande cruz de madeira, que simboliza a união dos povos.

A caminhada até o interior da Catedral invoca instintivamente à meditação. Escuro (hoje em dia é iluminada artificialmente por conta do turismo), úmido, com ar pesado e paredes com inúmeros pontos brilhantes. É um passeio para quem procura história, certo misterio e misticismo e muito auto-conhecimento em suas meditações.

Há paredes imensamente altas, marcadas pelo tempo em que todo aquele lugar foi oceano (um sonho de arquelogia) e covas gigantes e imponentes, cada uma simbolizando um período da história cristã (colaboração dos colonizadores espanholes, que ficaram deslumbrados com a catedral, que na época era uma grande caverna de perigosa exploração, por conta dos gases naturais explosivos que os esperavam dentro da montanha).

Como chegar até lá:
Na estação de trem de Bogotá (Estación de La Sabana) se compra um pacote turístico (32.000 pesos por pessoa) que inclui um passeio de trem, que passa por mais quatro estações.

De La Sabana, em um trecho de 30 minutos, o trem vai até a estação de Usaquen (ainda em Bogotá - rápida parada para pegar mais passageiros. A estação é linda, foi influenciada pela arquitetura alemã). A partir daqui o passeio começa oficialmente: músicos tocam rumba e salsa passando pelos vagões de trem, a empresa oferece comidas típicas de café da manha colombiano (como Tamales, Empanadas e Arepas) e seguimos para um trecho mais longo. Em aproximadamente 1:10 horas chegamos à estação de La Caro. A parada é curta, para esticar as pernas e seguir o caminho. Aqui entram novos músicos no vagões (uma dupla que toca instrumentos típicos indigenas da região, adaptando-os a músicas também atuais. Quando souberam que éramos brasileiros, tocaram "Aquarela brasileira"no nosso vagão!).

Em aproximadamente mais 1:50 horas se chega à estação de Zipaquirá. No próprio trem oferecem um pacote para conhecer a Catedral (de 10.000 pesos por pessoas) que inclui transporte (ônibus que leva desde a porta do trem à entrada da Catedral) e o próprio ingresso da visita. 

Na volta, o mesmo ônibus leva os visitantes à próxima estação: Cajicá. (os que não quiserem conhecer a Catedral vão diretamente a Cajicá, cidade pequena de arquitetura colonial). Chegando à pequena cidade há um intervalo de 40 minutos para o almoço (não incluso, mas em Cajicá há ótimos restaurantes de comida típica, como a Bandeija Paisa, que é parecida com a comida brasileira: feijão, arroz, abacate, ovos, carne e arepa).

A volta faz o trecho Cajicá - La Caro - Usaquen - La Sabana.

A saída para o passeio é às 8:30 da manhã (aconselhável chegar pelo menos meia hora antes na estação). E a volta é às 17:40hs, na estação La Sabana. 

A empresa de trem de chama "Turistren". É muito pontual e muito organizada.

Para quem não conhece Bogotá, é fácil chegar à estação La Sabana: pegar o ônibus Transmilenio até a parada que tem o nome da própria estação: La Sabana. É fácil andar com este ônibus (dentro das paradas têm mapas que mostram qual numero de ônibus pegar até quais estações), funciona como um metrô. A passagem custa 1.500,00 pesos e o ônibus é mais rápido que os normais, pois tem pista exclusiva por toda cidade.

O passeio de trem é muito animado, passa por desde paisagens lindas de campos, criações de ovelhas e vacas, a bairros pobres numa zona mais afastada da cidade. É aconselhável que se leve um lanche e bebida para o percurso e uma câmera fotográfica com bastante bateria!