Los peligros y la paz de Sumapaz
Por Paula Berner
La idea era sencillamente llegar a la Reserva Florestal de Sumapaz para hacer un reportaje fotográfico para una materia de periodismo de la universidad. Nos fuimos en cuatro, con dos carpas y comida, pero no preparados para el frio que nos esperaba ahí. Lo que queríamos hacer en medio día, nos llevaran dos para lograr: llegar al destino. De ahí en adelante las cosas se veían cada vez más dramáticas.
Con las mochilas pesadas, llegamos a la estación de Usme por la tarde del sábado. La policía local simpáticamente nos acogió y nos advirtió que no deberíamos seguir a Sumapaz cuando no había más luz del sol, pues es una zona peligrosa, principalmente para cuatro jóvenes que no conocen los caminos y pedirían ayuda en la carretera. Nos toco dormir en un terreno pequeño, junto a vacas y inúmeros perros, al lado del cementerio de la ciudad. Cuando ya teníamos las carpas listas y cogíamos leña para hacer fuego y calentarnos por la noche, el propietario del terreno nos mandó que saliésemos de ahí inmediatamente. Primera lesión: averiguar antes de aceptar los consejos de la policía.
Llevamos las carpas así como estaban (el propietario aparentemente tenía mucha prisa, y además no podríamos montarlas de nuevo en el oscuro) a un terreno aún más cerca del cementerio, pero enfronte a los policías (que simpáticamente nos emprestaran el baño por la noche, un conforto que no encontraríamos más por dos días). Acampados y listos para dormir, aprovechamos, sin saber, nuestros últimos momentos de comodidad y medias secas.
Madrugamos en el domingo y nos arreglamos para seguir la aventura. Con todo listo, nos pusimos a esperar el bus, que supuestamente llegaría hasta Margaridas, un pueblito más cerca de la reserva. Después de algunas horas esperando, tomamos la iniciativa de negociar con un taxista que nos llevase lo más cerca posible del Páramo. Lo que parecía lucro nos dejo en prejuicio: El taxista, aprovechando de nuestro poco conocimiento local, no dejó en el medio de una carretera dónde se vía un carro a cada cuarenta minutos y ninguna otra alma viva. Preguntamos a un señor que vive en una finca por ahí cerca dónde, exactamente, estábamos. Para nuestra sorpresa, quedábamos a una hora en carro de nuestro destino.
Algunas horas y tragos después, nos llegó la solución: una camioneta que estaba indo en la dirección que queríamos. Fuimos los cuatro atrás, felices y aliviados, y encontramos un ciclista que ya estaba en la camioneta en la misma situación que nosotros. Él estaba indo a “La Laguna”. Como no sabíamos exactamente dónde llegar en Sumapaz (que, por curiosidad, tiene el mayor páramo del mundo, con 150.000 hectáreas), nos juntamos a él, que parecía conocer mucho más que nosotros.
Llegamos a la “Laguna de Tunjos” y de pronto estábamos boquiabiertos con la belleza de la naturaleza local. Impresionados como la vegetación se cambiaba a cada minuto, tomábamos fotos incansablemente y no parábamos de sonreír. La Laguna de Tunjos, en Chisacá, era antiguamente un local de ofrenda a los dioses de los muiscas. La atmosfera y la energía eran impresionantes. Estábamos contentos con lo que habíamos encontrado, cuando ni siquiera sabíamos adonde ir.
De pronto y sin pensar mucho, empezamos a arreglar las carpas y nos acomodar, admirando la vista que teníamos de nuestros “balcones”. En poco tiempo empezó a llover, pero nada nos afectaría en este momento mágico. Tanto era, que resolvimos, mismo en la lluvia, caminar para conocer y ver más del lugar paradisíaco.
Avistamos un puente al otro lado de la laguna y la escogimos como destino de la caminada. Después de unos buenos treinta minutos caminando por una trilla estrecha y mojada, percibimos que lo que no parecía tan lejos era sí, mucho más bajo de adónde estábamos. Las ropas mojadas y los señales de advertencia en el camino empezaran a nos desanimar de seguir caminando. Por lo que leemos al largo del camino, habían ahí animales tales como conejos, ranas y pumas. Plantas de las más diversas y la laguna hacía remolinos con la fuerte lluvia, cambiando de color y nos dando un espectáculo de belleza. Seguimos por más tiempo, hasta que la trilla se terminó. Cuando ya estábamos des encorajados por el frio y el aparente peligro, volvimos por el mismo camino.
Las carpas estaban soportando la lluvia, pero no teníamos más ropas secas. Repartimos lo que nos sobraba y Improvisamos con bermudas y meyas. A partir de este momento, a las cinco de la tarde, no salimos más de la carpa, a menos para situaciones extremas y que tomaban mucha coraje, como hacer chichí. La lluvia estaba cada vez más fuerte. Esperábamos el momento de tregua, pero esto no llegó hasta el momento que salimos del páramo.
Cuando teníamos que salir de la carpa, tomábamos aguardiente para calentar el cuerpo (lo que parecía no servir de ayuda) y nos tocaba escondernos de los carros que pasaban por la carretera. Ahora si nos acordábamos del consejo de los policías, y nos imaginábamos el peligro que podría llegar de la carretera.
La noche fue la más fría que se podría imaginar. Los compañeros no tenían “sleeping bags” y durmieran con dos cobijas en el suelo frio y húmido. Nos llevaran algunas horas hasta que pudimos nos acomodar y nos acostumbrar con la temperatura, que parecía estar debajo cero grados.
Despertamos contentos por haber dormido algunas horas, y principalmente por no estarnos inmersos en agua. La lluvia había disminuido y cogimos satisfechos todo lo que había para comer: galletas de sal, una manzana, algunas latas de salchicha, aguardiente y un poco de leche. Sin opción, nos quedamos ahí dentro de una carpa, los cuatro, a esperar que algo nos pasase. La lluvia estaba cada vez más fuerte. De la carpa se escuchaba el agua a cair con mucha fuerza. En pocos minutos, empezamos a sentirnos como náufragos en una isla. Absolutamente todo afuera estaba inmerso en agua. Ya no había por donde caminar sin sumergir los pies completamente en el agua, y definitivamente no teníamos zapatos propios para eso.
Habíamos nos informado acerca de un bus, que pasaría a la una de la tarde del lunes. Esa sería la solución para salir de aquel lugar, pues era completamente desierto y a dos horas (caminando) lejos de la próxima tienda en la carretera. Empezamos a nos arreglar al mediodía, para no tener el riesgo de perder esta oportunidad de transporte. No teníamos opción: nos arreglamos en la tempestad. Todos y todo mojado, cogimos las carpas, la basura y las ropas en medio a los ríos de lluvia que escurrían de la mata. El agua fría hico nuestras manos y pies durmientes. No sentíamos nada además del dolor por el cuerpo y las contracciones que venían incansablemente.
A la una en punto, logramos arreglar todo soportando los dolores, y nos pusimos más cerca de la carretera a mirar y esperar por nuestro bus. Media hora después, ni señal de bus u otro transporte, ya estábamos exhaustos y el dolor ya había tomado cuenta de todo el cuerpo. Los pies no funcionaban bien, cada paso dolía como si pisásemos en hielo. Teníamos tres para-lluvias para cuatro personas, y dos estaban dañados por la fuerza del viento.
A las dos de la tarde ya estábamos rezando por alguna solución que no fuera caminar, cuando pasó la primera camioneta por la carretera. El frio pareció disminuir delante la esperanza de salir de ahí, cuando vimos que el fondo estaba lleno de baños público, y no había espacio para todos. La camioneta se fue, y llevo el calor que nos había dado por algunos segundos. El frio volvió aún peor.
Nos pusimos en la carretera, a esperar por alguna solución. Cada vez que escuchábamos ruidos de motor, nos inundábamos en esperanza, pero nada nos servía: motos o carros llenos a cada media hora, que ni siquiera paraban cuando nos veían y nos mojaban aún más con el agua de la carretera.
Después de tres horas esperando, parados en la carretera, en la lluvia, con absolutamente todo el cuerpo mojado y todas las sensaciones que uno no espera, como las contracciones que me hacían ganas de vomitar, me quedé mala y mi presión sanguínea estaba muy baja. Algunas veces pensé que iría desmayar, pero tenía que aguantar para no me tornar más otra preocupación para el grupo. Impresionante como en situaciones extremas uno conoce los límites de su cuerpo y todavía tiene que pensar en el colectivo. El ser humano es muy dependiente del colectivo, y tiene que contar con lo psicológico para pasar por situaciones tales como esta. Todo se cambia: los ideales de lujo y comodidad eran para mí, en este momento, tener meyas secas y tomar algo caliente. Esto me bastaría para ser la persona más contente de la tierra. Me puse a pensar cómo viven las personas en las calles, que probablemente pasan frío y hambre todos los días, todas las noches. No me sentía en el derecho de reclamar, pero al mismo tiempo sentía un desespero desamparado por no poder controlar mi cuerpo, controlar las contracciones o ni siquiera caminar. Observaba como rehacían los otros del grupo en la situación de desespero: Algunos muy calados, otros reían sin motivo, otros desistieran de proteger se y sencillamente quedaban ahí, esperando algo o alguien.
Pensábamos que íbamos quedar ahí por toda la noche y congelarnos caminando. Estábamos listos para dejar todo lo que teníamos en la carretera y empezar a caminar, pero no sentíamos los pies. Después de tres horas y media (lo que pareció todo un día), escuchamos ruido de motor más una vez, y cruzamos los dedos a esperar que fuiste esta la oportunidad de salir de la lluvia: Una camioneta paró para ofrecer ayuda. No pudimos dejar de demonstrar el alivio y nos pusimos a festejar y cargar las mochilas. Sentados en el fondo de la camioneta, en el húmido y sucio del cargamento, sentía me en un hotel cinco estrellas. Después de algunos minutos ya era capaz de apreciar la vista, las flores, la vegetación que nuevamente se cambiaba en el camino hace el norte y los pocos rayos de sol que aparecían al largo del camino. Estaba feliz. Me sentía tan feliz y aliviada que podría sentarme por horas en el sucio de esta camioneta. Estaba plenamente satisfecha.
Por todo el camino de vuelta a Usme me puse a pensar por lo que habíamos pasado. Por la aventura, los momentos divertidos, los momentos de adrenalina, los momentos de extasía con la belleza natural, los momentos de necesidad que compartimos todo lo que teníamos, los momentos que nos sentíamos incapaces de hacer algo para ayudarnos, los muchos momentos de sufrimiento. Me puse a pensar que para sentirme plenamente feliz, como me sentía sentada en el suelo de la camioneta, habría que pasar por algo así nuevamente. Que la recompensa vale la pena. Que la experiencia inolvidable vale la pena. Que conocer el cuerpo y sus límites vale la pena. Después de lo que pasamos, si me preguntaren si yo iría si supiese que íbamos a pasar por todo esto, diría que sí. Definitivamente si, lo haría de nuevo. Y en cuanto a la foto reportaje, la logramos. Pero logramos mucho más que esto.